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Lee el artículo: Parábola de Navidad
Por: Angelica de Paz

Era una fría mañana de invierno. El aire traía el humo que salía de las chimeneas, junto con un delicioso olor a pan de canela recién salido del horno; tal como era de costumbre en aquella época de fiesta en donde se celebra el nacimiento del niño Jesús.

Los niños correteaban en aquella gran casa en donde no se conocía la miseria. Dentro de sus paredes habían diferentes personajes que se reunían una vez por año a visitar a “Los Viejos”.

En el mismo pueblo también había una antigua casita con techo de manaca, ubicada allá a lo lejos donde abundan los árboles de copa grande y donde todavía se escucha el canto del ruiseñor. Allí vivía Juan, el más pequeño de cuatro hermanos que esperaban con ansias, como cada año, abrir los regalos de Navidad que mamá les había preparado; aunque él sabía que de seguro era el pantalón con parches en las rodillas que a su hermano ya no le quedaba y que él heredaría con orgullo.

Juan y sus hermanos también sabían que comerían de aquel pan de canela y las demás sobras de la comida de aquella casa grande donde mamá trabajaba.

Era visible la gran diferencia que había entre las dos familias: En la casa grande había solo dinero, pero carecían de la riqueza más importante. En cambio, la pequeña cabaña donde Juan y su familia vivían estaba llena de amor. Pero ambas casas tenían la misma fortuna: la presencia de la mujer que en un lugar era la cocinera y en la otra, la madre; y ése era EL VERDADERO TESORO.

“Tres cosas duraran para siempre: la fe, la esperanza y el amor; y la mayor de las tres es el amor.” 1 corintios 13: 13 NTV

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